Finitud


Lo que tiene un principio, también tiene un fin. Es necesario aceptar la finitud y el regreso a la Nada.


No existe nada que dure para siempre. Ya sea una brizna de hierba, una hormiga, un ser humano, un reino, la humanidad o el propio universo, el bien o el mal, todo tiene un límite con un principio y un fin claramente definidos. No hay un segundo intento; todo ocurre solo una vez. Cada momento es único y el número de momentos es diferente para cada persona. Algunos recorren un camino más largo, otros uno más corto, pero nadie conoce su extensión.

Incluso la persona más saludable puede morir mañana, y la más enfermiza puede vivir décadas. No existe justicia ni un tribunal superior. Se trata de una secuencia implacable de causas y efectos que, eventualmente, conduce de nuevo a la Nada.


El número de pasos que tenemos es limitado. Por eso debemos tener cuidado dónde ponemos los pies.


Así como una vez comenzamos a vivir y a percibir, también un día dejaremos de hacerlo. Aceptar la finitud no significa renunciar. Al contrario, significa reconocer que precisamente la finitud otorga un valor enorme a cada momento, a cada decisión, a cada paso. Lo que vemos o experimentamos hoy, puede que mañana ya no exista.


La finitud otorga un valor inmenso a la vida.